
Un temblor recorrió su cuerpo,
sus piernas que antes eran de una firmeza madera ahora se habían convertido en un trepidar profuso.
Su estómago, que en un principio se encontraba inerme, ahora jugaba al vaivén que producía el balancín de emociones internas.
Un tenue sudor, su corazón disparatado y su respiración agitada: todo hacía indicar que se encontraba en presencia del ser que amaba.
Sin saber qué decir lo miró a los ojos penetrantes; su cuerpo febril, y sus movimientos un tanto lerdos le hicieron actuar con reticencia.
Por un momento sintió desvanecer, pero mantuvo la compostura.
Su cuerpo suspendido en la flacidez que producía aquel joven gallardo iba más allá de lo que podía explicar. No era primera vez que le pasaba; cada vez que lo veía un escalofrío la recorría entera, llegando hasta las vías más recónditas de su lozano cuerpo.
Quería estallar, su rostro había adquirido otro color, su piel se había vuelto más tersa y sonrisas por doquier venían del parque de diversiones de su interior.
El mundo que los rodeaba se había reducido a la imagen de ellos, ahora él era el centro de la atención pasando todo lo demás a segundo plano.
Envueltos en ese ambiente de amor y mocedad, el tiempo corría y el reloj intentaba alcanzarlo, queriendo de este modo burlar la ley de la relatividad, mas fracasaba, y con ello el ciclo no cesaba.
La fiesta quería continuar, pero debía dejarlo ir. Ya es tarde, el reloj se ha cansado y es hora de despedirse.
Se va.